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PRÓLOGO A
LA TERCERA EDICIÓN Presentamos
por fin la tercera edición del Libro
de estilo de EL PAÍS, mucho tiempo después de haberse agotado las
dos primeras ediciones, correspondientes a los años 1977 y 1980. Siempre
es más fácil efectuar otra versión de algo que ya existe, por muy corregida
y aumentada que esté, que partir de cero y elaborar algo completamente
nuevo, corno hicieron los pioneros de este periódico hace casi trece años,
entre ellos, en especial, Juan Luis Cebrián (hoy consejero delegado del
mismo) y Julio Alonso. En cualquier caso, este Libro
de estilo supone un gran esfuerzo sobre el anterior. Desde
noviembre de 1977 fecha en la que se publicó la primera edición,
muchos lectores se han interesado por poseer este instrumento de trabajo
de la Redacción de EL PAÍS, sin que hayamos podido satisfacer su demanda;
en el archivo del redactor jefe de Edición y Formación del periódico,
Álex Grijelmo (sin cuyo tesón y conocimientos habríamos tardado mucho
más en publicar el texto), hay una verdadera montaña de peticiones del
Libro de estilo, y lo curioso es que una buena parte de ellas no tiene
nada que ver, a prior¡, con
ciudadanos relacionados con el mundo de la comunicación y sus aledaños.
Son lectores curiosos con los modos de hacer de un diario de las características
de EL PAÍS. Por ello es por lo que hemos decidido comercializar el libro
por vez primera y ponerlo al alcance de quien quiera adquirirlo. Además,
la enorme movilidad del periodismo en España, la incorporación masiva
de nuevas generaciones de profesionales a los medios de comunicación y
el propio crecimiento de la Redacción de EL PAÍS hacían imprescindible
una nueva edición del Libro de estilo,
ya que las dos anteriores eran incontrables. Entre otras cosas y
es preciso recordarlo, porque las normas que en él figuran son de
obligado cumplimiento para todos los redactores de EL PAÍS, con la recomendación
estricta a los colaboradores de que procuren atenerse a las mismas. El
acatamiento de estas normas no acabará con los errores que todos los días
se cometen en las páginas de nuestro periódico, pero ayudará a mitigarlos
y, desde luego. a concretarlos, lo que evitará su multiplicación. Desde
que se fundó, en EL PAÍS se ha considerado que son los lectores los propietarios
últimos de la información, y los periodistas, tan sólo los mediadores
entre aquéllos y ésta. Por ello entendemos que han de existir unas directrices
que comprometan al periódico con sus lectores, una especie de control
de calidad que defina quiénes somos y cómo trabajamos. Aunque no hemos
elaborado todavía un código deontológico en sentido estricto, tenemos
las reglas de conducta muy precisas, unas internas y otras que nos enlazan
con el exterior. Las primeras están contenidas en el Estatuto de la Redacción
incluido por primera vez en este libro, un instrumento de
trabajo inédito en España, aprobado por la Junta General de Accionistas
del diario; este estatuto ordena las relaciones profesionales de la Redacción
de EL PAÍS con la dirección y la propiedad del mismo, con independencia
de los vínculos sindicales y laborales. El estatuto, en vigor desde el
año 1980, regula aspectos tales como la cláusula de conciencia y el secreto
profesional, y ofrece al colectivo de periodistas una serie de garantías
ante un posible cambio en la línea editorial del diario. Por ejemplo,
en su artículo séptimo se indica que, cuando dos tercios de la Redacción
consideren que una posición editorial de EL PAÍS vulnera su dignidad o
su imagen profesional, podrán exponer a través del periódico, en el plazo
más breve posible, su opinión discrepante. El estatuto sirve, asimismo,
para que la Redacción vote los nombres de sus cargos rectores, incluido
el del director del periódico, como sucedió en mi propio caso. Las
dos normas externas son el Libro
de estilo del periódico y el Ombudsman o Defensor del Lector. El Libro
de estilo, además de los condicionamientos metodológicos que uniforman
lo que aparece escrito desde el punto de vista formal, incluye al menos
tres cláusulas que pueden considerarse como de conducta: la primera, que
los rumores no son noticia; la segunda, que en caso de conflicto hay que
escuchar o acudir a las dos partes, y, por último, que los titulares de
las informaciones deben responder fielmente al contenido de la noticia.
Estas tres reglas, además del uso honesto de las fuentes de información
y la separación tajante entre información, opinión y publicidad, forman
parte del equipaje básico que nos esforzamos en aplicar a diario. El
Ombudsman también tiene recogido su estatuto de actuación, en el que se
estipula que garantiza los derechos de los lectores y atiende sus dudas,
quejas y sugerencias sobre los contenidos del periódico. También vigila
que el tratamiento de las informaciones sea acorde con las reglas éticas
y profesionales del periodismo. El Ombudsman, que es nombrado por el director
del periódico entre periodistas de reconocido prestigio, credibilidad
y solvencia profesionales, interviene a instancias de cualquier lector
o por iniciativa propia. El puesto de Ombudsman de EL PAÍS tiene cuatro
años de experiencia y por él han pasado tres extraordinarios profesionales
(José Miguel Larraya, Jesús de la Serna y el pionero. el inolvidable Ismael
López Muñoz). La
libertad de expresión y el derecho a la información son dos principios
esenciales para la existencia de la prensa libre, que es una de las instituciones
básicas del Estado de derecho. Tanto es así, que no se puede hablar de
democracia en ausencia de una prensa que no tenga las garantías suficientes
para desarrollar su labor. Los periodistas ejercemos estos dos derechos
esenciales en nombre de la opinión pública, de nuestros lectores. Ello
nos obliga ante la sociedad en una medida más amplia que el estricto respeto
a las leyes, que debemos acatar como el resto de los ciudadanos. Cuando
los periodistas exigimos información en nombre de la opinión pública o
criticamos a personas o instituciones de la Administración o de la sociedad
civil, contraemos una responsabilidad moral y política, además de jurídica.
Es decir, que se puede abusar del derecho a la libertad de expresión o
del derecho a la información sin infringir la ley. De vez en cuando, la
prensa española ofrece ejemplos que demuestran cómo el periodismo puede
ser puesto al servicio de intereses ajenos a los lectores; cómo se desarrollan
a la luz pública campañas de opinión que responden a oscuras pugnas financieras
o mercantiles; cómo a veces la caza y captura de ciudadanos se disfraza
de periodismo de investigación. Convertir los medios de comunicación en
armas del tráfico de influencias al servicio de intereses que no se declaran
es una práctica de abuso que crece a la sombra de la libertad. Por eso
hemos procurado que las opiniones de EL PAÍS equivocadas o no
hayan sido siempre nítidas; sus dueños, conocidos; sus cuentas, auditadas
desde el comienzo, y sus motivaciones, públicas. La
defensa de la libertad de expresión pasa por el establecimiento de mecanismos
de transparencia en el ejercicio de esta profesión, a fin de no arruinar
el único patrimonio de nuestro oficio: la credibilidad. Entre esos mecanismos
figura por propios méritos este Libro
de estilo, que servirá si somos capaces de utilizarlo bien
para defender a los lectores del sensacionalismo, el amarillismo y el
corporativismo de los profesionales. Porque a veces ocurre que en la mención
abusiva de la libertad de información y de expresión se escudan sus enemigos
para negar las críticas legítimas y la labor de control del poder, incluido
el de los propios periodistas. JOAQUÍN
ESTEFANÍA Director
de EL PAÍS Abril
de 1990 |
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