La difícil vida en un Centro de Menores

MARTA RUIZ. Sevilla

El año pasado entró en nuestro instituto una nueva compañera Aida, una chica de 20 años que pasó gran parte de su infancia en un centro de menores. Con el paso del tiempo cogimos confianza con ella y nos contó su impactante historia:

"Pasé la mayor parte de mi infancia en un centro de menores junto a mis 7 hermanos, todos más pequeños que yo. Entré al centro de menores con 10 años, los primeros meses que pasé fuera de mi casa fueron raros, y algo complicados, y la idea de entrar en un centro de menores no me gustaba, pero menos me gustaba seguir en mi casa.

 

                                                                                                                                Aida

 

"Pasé la mayor parte de mi infancia en un centro de menores junto a mis 7 hermanos, todos más pequeños que yo. Entré al centro de menores con 10 años, los primeros meses que pasé fuera de mi casa fueron raros, y algo complicados, y la idea de entrar en un centro de menores no me gustaba, pero menos me gustaba seguir en mi casa. De hecho me aterrorizaba la idea de tener que vivir sobre todo con mi madre. Pasado 1 año y tres meses ingresé con 6 de mis hermanos en otro centro de acogida temporal, en el que estaría hasta la insersión con mi familia biológica si era posible o hasta mi mayoría de edad en el caso contrario. Cuando entré en el centro empecé  a tener visitas quincenales de una hora con mis padres biológicos. Hasta que un día decidí abandonar las visitas con mis padres por motivos concretos y más tarde un juez prohíbió las visitas de mis hermanos con mis padres, por otros temas diferentes. Los 5 primeros años en el centro de menores son complicados ya que no fue fácil abandonar mi entorno familiar y adaptarme a la vida tan compleja que conlleva vivir en un centro de menores.

Mi día a día en el centro de menores era normal. Entre semana me levantaba temprano para ir al colegio. En ese sentido era algo inestable ya que cuando estaba en mi casa con mis padres no podía ir al colegio y tuve que aprender a leer y escribir prácticamente sola, para ello le hacía los deberes a mi hermano pequeño, y así podía aprender.

Siempre fui una niña entusiasmada con ganas de aprender, y eso me llevó a superar cualquier límite que se me pusiese en el camino. Cuando pasé al instituto todo se complicó un poco más. Se me complicaron mucho las cosas, sobre todo al llegar a 3º de la ESO por la muerte de mi padre. Cuando tienes el apoyo de tu familia siempre es más fácil, pero en el centro de menores yo tenía que hacer las tareas prácticamente sola porque los educadores no podían ayudarme casi en ningún aspecto escolar. Mi día a día en el centro no era muy complejo; me levantaba temprano para ir a clase y cuando llegaba al centro a las 3 de la tarde me sentaba a comer con mis compañeros y algún educador que nos supervisaba. Después de comer, me ponía a estudiar y de 5 a 6 de la tarde mis compañeros y yo teníamos que hacer las tareas del hogar (limpiar baños, salón, cocina, planchar, etc) cada semana nos encargábamos de tareas diferentes. Y a las 6 de la tarde teníamos que bajar a la sala de estudios, y realizar las tareas del instituto. Mientras tanto el educador se aseguraba de que todos cumplíamos con nuestra hora y media de estudio. En esa sala éramos 6 niños y la verdad es que yo no me podía concentrar. Un día había mucho murmullo, y pedí permiso para estudiar en mi cuarto. El centro de menores tiene dos pisos, uno frente al otro, mis hermanos se encontraban en el piso de enfrente junto a otros niños. En cada piso había seis niños y yo compartía habitación con una compañera. Cuando terminábamos de estudiar a las 19:30 de la tarde nos duchábamos por turnos y a las 21:00 de la noche el niño encargado de preparar la cena se encargaba de calentar la comida que la cocinera había dejado hecha por la mañana, y de servir los platos, y a las 21:30 todos nos juntabamos para cenar.

Los fines de semana los niños que tenían permiso para salir con sus familiares, pasaban el fin de semana en sus casas, y la mayoría de fines de semanas solo quedábamos yo y algún niño en el centro, y nos teníamos que encargar de limpiar toda la casa a fondo. No me parecía nada justo que yo por quedarme allí sola y no tener a nadie que me sacase del centro el fin de semana, me tuviese que encargar de limpiar, sin ayuda, todo el piso y zonas comunes, cualquiera diría que era un "castigo". Había normas muy estrictas en el centro. Y a la hora de salir a la calle te complicaban un poco la vida. Cada niño/a tiene una hora de recogida y un tiempo de salida, al principio te suelen dar media hora de salida, por ejemplo si yo salía a las 18, a las 18:30 tenía que volver al centro para que me viesen los educadores y me podía volver a ir otra media hora, así hasta la hora en la que me tuviese que recoger. Eran muy estrictos con las sanciones, y no nos dejaban pasar ni una.

La convivencia con los niños del centro no era muy fácil. Todo el que estaba allí había tenido algún problema y el carácter de cada persona era muy diferente, por lo que había muchos enfrentamientos. Me han ocurrido y he visto muchas cosas en el centro de menores que no eran muy correctas que digamos.

Al principio de yo llegar al centro, dos veces al año te llevaban a comprar ropa y los fines de semana te daban paga, pero conforme pasaban los años todo fue cambiando, debido a la crisis. Había educadores de todos los colores: uno de ellos era un sinvergüenza, y una persona con mucha maldad. Este hombre cada vez que venía al centro nos amargaba la existencia, era un hombre machista y agresivo. Le tiraba de las orejas a los niños y les pegaba, un día encerró a un niño en el armario del cuarto de baño, cerrándole la puerta y apagando la luz sin dejarlo salir. Este niño tenía una discapacidad intelectual, solo tenía 7 años. Normalmente este educador cuando trabajaba los fines de semana, se pasaba todo el día en el ordenador de trabajo sentado haciendo apuestas sobre fútbol, mientras todos nosotros estábamos en el piso sin ser atendidos. Yo tuve varios enfrentamientos con él hasta que al final, por abusar sexualmente de una compañera de mi centro, lo echaron.

Al final acabé centrándome en mis estudios y me gradué en la ESO. Durante años yo había estado buscando una familia de acogida, era mi sueño desde muy pequeña. A mis 16 años de edad una educadora del centro me dice que conoce a una mujer que quiere adoptar a una niña, que no le importa la edad que tenga, ella solo quiere que esa niña quiera y necesite estar en familia. Más tarde esa familia tramita los papeles para sacarme del centro pero hay un problema. El equipo de menores que me correspondía de la Delegación Territorial de menores decía que yo no saldría con ninguna familia del centro, que yo permanecería allí hasta mi mayoría de edad. Cuando me enteré de todo eso, escribí una carta a la delegada de menores explicándole mi situación y cómo me sentía. Y unos meses más tarde me citaron en la Delegación para hablar conmigo, después de esto, conseguí que me dejasen salir los fines de semana a casa de esta familia. Y al cumplir mi mayoría de edad me fui a vivir con los que ahora son mis padres.

Ahora tengo 20 años, puedo valorar desde lejos mi infancia y sólo yo, sé por lo que pasé en mi momento. No creo que sea justo nada de lo que me pasó en mi infancia ni adolescencia. Yo nunca fui una niña feliz, no tuve infancia, prácticamente tuve que ejercer el papel de madre con mis 7 hermanos y no fue fácil. Pero hoy todo es diferente, sobreviví a mi pasado, y en mi se refleja toda esa esperanza que siempre tuve. Me tuve que hacer fuerte y quizás me tocó vivir cosas que no me pertenecían a esa edad, pero se puede decir que gracias a todo ello y las decisiones que tomé hoy tengo una vida centrada y soy feliz.  Todo eso solo me hizo más fuerte. Las personas solo tenemos los límites que nos ponemos nosotros mismos. Todos podemos luchar por sobrevivir.

Ahora estoy a punto de acabar 2º de bachillerato. Sigo viviendo con mi familia de acogida y saco a mis hermanos del centro de menores cuando puedo. A día de hoy mis propósitos son ser feliz, no quiero recuperar los años que me robaron, ya que eso no me aportará nada bueno, solo conseguiría perder más. La gente normalmente desconoce estas cosas y no valora lo que tienen en sus vidas. Hay gente con muchas complicaciones en la vida mientras algunos se amargan porque sus padres no les dan dinero para salir un fin de semana o porque no tienen ropa para salir. Los niños que están en centros de menores sí tienen complicaciones realmente. Esta institución da muy malas condiciones a los niños. Ahora mismo ni siquiera les compran ropa, los tratan mal, y hay gente trabajando en este sector poco cualificada para ello.

Yo no cometí ningún delito, yo era la víctima de esta historia. Un centro de menores no es una cárcel. Los niños que cometen delitos ingresan en un correccional, o un centro de transformo de conducta y eso la gente no lo sabe. Cuando yo digo que estuve en un centro de menores me miran con mala cara, como si fuese una delincuente, pero no es así. En los centros de menores hay niños que han sufrido maltratos, abusos, etc. Yo tengo 4 hermanos con discapacidad. Dos de ellas tienen una discapacidad intelectual del 85 y 97%. Y verlas felices con lo más mínimo me hace feliz. Ellas están en otro centro de menores, en el que hay muy buenos profesionales, las tratan con amor y paciencia, y  eso junto con lo anterior marcan mi gran objetivo en la vida.

Todo esto me ha llevado a plantear mi futuro, me gustaría estudiar integración social, y educación social, para ayudar a niños que estén pasando por lo que yo pasé y niños/as como mis hermanas, y niños que tienen discapacidades como algunos de mis hermanos. Este trabajo es totalmente vocacional. Y conseguirlo sería lo mejor que me podría pasar. Es un trabajo que te da mucha gratificación. El sistema está cambiando a mejor, ya que las normativas van cambiando. Ahora mi esperanza es aún mayor, pero esta vez por mis hermanos."

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