PORNOGRAFÍA Y PATRIARCADO

 

REPORTAJE. Es una evidencia que la pornografía ha evolucionado en las últimas décadas de una forma alarmante. ¿Ha sido verdaderamente por una evolución de los deseos sexuales de la sociedad? ¿O más bien tenemos que reconsiderar la existencia de un poder ajeno a las personas, dotado de la capacidad de manipular nuestras tentaciones?

Texto y fotos: Júlia Sabater

Es curioso como los gustos, las preferencias y los deseos, suelen adoptar un binarismo monótono basado en la segregación de dos tendencias, que se corresponden por norma general en ambos sexos normativos existentes en el mundo occidental: el sexo femenino y el masculino.

El uno caracterizado por el uso de la razón y su participación activa en la vida pública y privada. El otro, por la concupiscencia pasional y la subordinación leal a su antítesis. ¿Este hecho podría justificarse con la alegación de una biología humana determinante? ¿O este antagonismo ha sido adjudicado previamente desde el mismo sistema?

Es una evidencia que la pornografía ha evolucionado en las últimas décadas de una forma alarmante. ¿Ha sido verdaderamente por una evolución de los deseos sexuales de la sociedad? ¿O más bien tenemos que reconsiderar la existencia de un poder ajeno a las personas, dotado de la capacidad de manipular nuestras tentaciones?

Así pues, podemos establecer un paralelismo entre los dos conceptos principales que hemos mencionado anteriormente: la opresión y las preferencias. Es de todos conocido que la publicidad del siglo XX hacía creer a las mujeres -de manera más descarada que hoy en día- que serían  más felices si sus maridos las premiaban con una de las primeras lavadoras. Y muchas lo creían adoptando su rol habitual de buenas esposas, madres ... y criadas. Pues con los preferencias pasa algo análogo. Si desde todos los ámbitos se perpetúa la creencia de que el sexo masculino constituye el ser activo de la sociedad, y el femenino, el pasivo, es normal que acabamos creyéndolo, y que a su vez, nuestros deseos se traduzcan en este mismo esquema.

La pornografía es el reflejo más legítimo y fidedigno del modelo heteropatriarcal, normativo y falocéntrico del sistema. Es posible que, debido a las conquistas feministas en el mundo occidental, los hombres hayan  recurrido a la pornografía para restablecer y aumentar la "plusvalía de género" - como diría Donna Haraway-  y así reafirmar su subjetividad masculina. Entonces, si la plusvalía de género ahora se extrae del sexo, el movimiento feminista debería plantearse el papel que ocupa la sexualidad en la opresión de las mujeres.

Ahora bien, una vertiente del feminismo aborda con gran dificultad la crítica de la pornografía, ya que el concepto de liberación sexual, ha variado desde los años 70, con la aparición del porno, y el hecho de cuestionarlo podría poner en peligro su posición privilegiada dentro del feminismo.

Esta vertiente del movimiento feminista es la que tiene más adeptos. Apoyan la liberación sexual total, alegando que todas las prácticas sexuales son legítimas. Esta corriente ha sido abrazada por muchos hombres, ya que defiende un modelo de la sexualidad que no se cuestiona las estructuras de poder heterosexistas y coitocéntricas. No analiza críticamente los discursos dominantes del patriarcado heteronormativo y las prácticas sexuales en las que claramente se distribuyen posiciones desiguales de sujeto y objeto, el hombre y la mujer.

Iconos como Amarna Miller o Clara Serra incitan a liberarse y disfrutar de los deseos, por mucho que estos consistan en la fantasía de violación o una relación de sumisión ante el poder de un hombre.

Aunque sus argumentos puedan seducir en un principio, cuanto más conoces las distintas valoraciones del feminismo en torno a la temática de pornografía, más sencillo parece el correcto posicionamiento.

 

 

En primer lugar debemos tener claro que el sistema no se rinde, y hará lo posible para reequilibrar la balanza a su favor. Mientras las feministas nos centramos en conquistar derechos en un sector, el patriarcado aumentará la plusvalía de género en otro.

En un momento histórico en que la herencia de las feministas de los años 70 empezaba a tambalearse toda la estructura social, mientras reclamábamos nuestros derechos como seres sexuados, el sistema - -aterrados por la posible perdida de sus privilegios antropológicos-  supo sacarle  provecho y, aprovechando nuestros reclamos, convirtió la lucha feminista por la liberación sexual, en una nueva forma de subyugación hacia los hombres. Una especie de neoliberalismo sexual en el que todo es válido, promoviendo una falaz libertad sexual femenina, la cual realmente sólo responde a los estímulos y necesidades de la remodelación del patriarcado. "El mito de la elección libre" para "legitimar las desigualdades y quedarse con la conciencia tranquila", que diría Ana de Miguel.

Así pues, el patriarcado desarrolla una nueva estrategia, acorde con la evolución política y social, para seguir  aprovechándose  de los cuerpos femeninos. Pasaron de ser dueños de estos a nivel privado, bajo el control del marido; a ser un bien público por el usufructo de todos. Eliminaron las restricciones y los prejuicios de las faldas por encima de las rodillas, y nos usaron como instrumento de reclamo publicitario. La máxima representación del poder del capitalismo sobre nuestros cuerpos; no sólo sacándoles provecho económico, sino, a su vez, estigmatizándolos y devaluándolos en favor de nuevos productos futuros. Convirtiendo así los cuerpos de las mujeres en objetos de usar y tirar.

La segunda idea a defender podría ilustrarse metafóricamente (o no). Podríamos decir que muchos hombres estaban hartos de gastar una parte de su sueldo en profesionales del sexo, a las que exigían aquellas prácticas que escandalizarían a sus inocentes esposas -y madres de sus hijos-. Así pues, la manera de sacar provecho a la situación que se caldeaba en ese momento, fue la de llevar la prostituta a su cama conyugal. Construyendo mentalidades femeninas sumisas a la idea contemporánea del sexo. Haciendo creer a la mujeres que son libres de los condicionamientos de la sociedad patriarcal y que ellas deben y pueden participar activamente en el sexo. El problema está en que todas las mujeres -en mayor o menor medida- estamos determinadas y condicionadas por el patriarcado, por lo que nos acabamos adaptando a lo que este nos trasmite día tras día. De esta forma  nunca podremos ser sujetos activos del sexo, sino objetos pasivos que se adaptan a los deseos sexuales del hombre y a la neoconcepción sexual occidental, que de alguna manera supone un retroceso de las rancias estructuras anteriores.

Lo más complicado de digerir, es que el movimiento feminista que entonces, mediante la exposición de su sexualidad con el objetivo de subvertir la mentalidad colectiva, a través del arte protesta, haya quedado obsoleto o bien silenciado, ante un fenómeno curioso, como puede ser el porno de Amarna Miller y sus respectivos imitadores y seguidores.

A raíz de las criticas del feminismo radical hacia la tendencia feminista neoliberal que se afilia a las líneas del capitalismo, se ha puesto muy de moda hacer llamamientos a la unidad incondicional de las feministas. Alegan que todas somos feministas y eso es lo que nos une.

Ahora bien, dada la gravedad de la situación, aquellas que tratamos el problema de raíz, podríamos permitirnos el lujo (y privilegio) de cuestionar la consideración feminista de esta nueva corriente. Quizá suene maximalista, pero la deriva de esta sólo demuestra que los tentáculos del capitalismo, con su veneno manipulador, también se ha apoderado de nuestro movimiento.

Porque el patriarcado no camina solo. Durante la Primera Revolución Industrial encontró a su media naranja; con la que podía retroalimentarse y exprimir aún más las desigualdades de género: el capitalismo.

Si no cuestionamos el modelo capitalista, no conseguiremos derruir el patriarcado. Por lo tanto, es difícil considerar un feminismo que no abogue por la lucha de clases, igual que sería impensable entender un feminismo que no defendiera la igualdad racial; puesto que todas las desigualdades contribuyen al aumento y disminución de privilegios correspondientes a un opresor y oprimido respectivamente.

Así pues, el feminismo de clase es el encargado de luchar contra sus respectivos antagonismos: el patriarcado capitalista.

La actitud de ciertas mujeres ante la vivencia de su sexualidad, se podría catalogar de derrotista. Engañadas por esta doble cara del "porno ético" capitaneado por personajes como Amarna Miller, que desde su posición de privilegios económicos y sociales, pretende dar lecciones a aquellas que luchamos día contra la injusticias sociales. Estamos hablando de una pornografía que se autodenomina feminista, que no tiene la intención de destruir las dinámicas de poder, los roles de género, la dictadura de los cánones de belleza y la cosificación del cuerpo femenino. Su único objetivo es extraer un beneficio económico, a través de la oferta del mismo producto, pero con un nombre más atractivo: "Porno ético". Un nombre transgresor y moderno; idóneo para manipular a la juventud, que crece con ansias de cambiar el modelo social de los estados.

 

 

Sin lejanía ni en el tiempo ni en el espacio, este octubre se celebró en Barcelona el Salón del Porno (ellos lo llaman Erótico). Lo más rancio del machismo violento, con el patrocinio de una red de prostíbulos, ha hecho, otro año, fiesta grande. Este verano en Japón, el Adulto VR Fiesta, el primer festival de porno en realidad virtual fracasó ... por exceso de público.

No podemos permanecer impasibles ante el continuado desarrollo de hechos ignominiosos y humillantes para la dignidad de las mujeres y ante la sobreabundancia de propaganda sexista que se ofrece a los machos ansiosos de carnaza.

Y duele especialmente, que a pesar de este entorno, la crítica colectiva esté tan ausente. Resulta extraño este silencio por parte de grupos feministas y aliados profeministas. Y ese silencio es más agudo si tenemos en cuenta el goteo constante de las agresiones sexuales que llenan día sí, día también, nuestros noticiarios.

Uno de los conceptos clave de la teoría feminista es el que, a finales de los años 80, la célebre socióloga Liz Kelly llamó el "continuum de las violencias sexuales". El acoso sexual, el abuso y la violación son manifestaciones cotidianas e interrelacionadas del terrorismo sexual normalizado en nuestra sociedad capitalista y patriarcal.

Entre la pornografía y la violencia machista se hacen evidentes unos fuertes lazos. En primer lugar la producción de porno implica mujeres reales que son repetidamente usadas, abusadas y penetradas de diferentes maneras. Esto es así aunque los medios a menudo nos hablan de actrices que se sienten realizadas. Este argumento también lo escuchamos en ocasiones referido a la prostitución.

En segundo lugar, tras analizar el contenido de las películas pornográficas, muchos estudios constatan que la agresión física y verbal hacia las mujeres es la norma más que la excepción. La cultura de la violación se erige en modelo, difundiendo la idea de que a las mujeres nos gusta ser humilladas y violentadas, y que cuando decimos "no" en realidad queremos decir "sí".

Y en tercer lugar, estudios rigurosos en psicología experimental han concluido en establecer fuertes asociaciones entre la exposición a porno violento y la actitud de los hombres con respecto a la violación. La pornografía tiene una influencia muy fuerte en nuestra cultura. Desde hace años, las prácticas del porno constituyen la educación sexual de los y las adolescentes y fuente de inspiración para no pocos adultos.

¿Y qué decimos las feministas de todo esto? Plantarse ante esta maquinaria industrial de explotación con la alternativa del "Post-Porno" parece muy insuficiente además de ridículo. No debemos olvidar que la pornografía es una de las industrias capitalistas patriarcales con más beneficios a nivel mundial.

John Stoltenberg, un escritor y activista aliado del feminismo, considera que lo que está en juego en la pornografía no es el sexo sino la dominación, la subordinación de las mujeres a la erótica del macho dominante.

Otra figura indispensable para entender los límites a los que estamos llegando es Andrea Dworkin. Ella vio que las violaciones, el maltrato, el incesto, la prostitución y la explotación reproductiva trabajaban todas juntas para forzar a las mujeres a vivir en un continuo terrorismo sexual. Nuestro trabajo como feministas es luchar por desmontar esta prisión. Hombres de derechas y de izquierdas (si todavía podemos hacer estas distinciones) trabajan, unos más conscientemente que los demás, por el mantenimiento de este modelo supremacista masculino, para mantener su hegemonía sin fisuras.

Los pornógrafos han construido una industria poderosísima que no sólo vende sexo, sino crueldad sexual. Ni siquiera nos indignamos cuando algunas prácticas se ofrecen con reclamos racistas sin vergüenza: "putillas latinas" "Salvajes adolescentes negras" "jovencísima tailandesas". La jerarquía de la dominación, de la mano de la jerarquía racial.

Es lamentable constatar que, a escala planetaria, el cuerpo desnudo de las mujeres, está a la venta en todas partes. Las mujeres y las niñas son el producto número uno en ventas en el mercado. El mercado negro claro. Tanto negro como nuestras conciencias en permitirlo.

 

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