La Illeta dels Banyets

"El presente es la clave para entender el pasado" dice el principio del actualismo en geología, y hemos tenido la ocasión de comprobarlo en el yacimiento arqueológico de la Illeta dels Banyets, donde historia y naturaleza convergen, de la mano de la arqueóloga Adoración Martínez

 

Soraya Ayala y Marcos Manrique, El Campello.

La Illeta dels Banyets se encuentra en la costa de El Campello, Alicante. Se trata de una pequeña península que contiene uno de los yacimientos arqueológicos más ricos y relevantes para la comprensión de nuestro pasado. Mide 211,5 metros de longitud y 85 de anchura, casi 6000 metros cuadrados (a los que hay que añadir los 32 metros de freo artificial que la unen al litoral). La historia de la Illeta es la historia del hombre. Por ella han pasado nuestros semejantes durante milenios, desde el Neolítico hasta la Época Romana, y menos mal que, hace no mucho, se consiguió desmantelar el proyecto de construcción que pretendía dejar también la huella contemporánea, edificando encima del yacimiento.

Tuvimos la suerte de visitarlo, y contamos con la guía de la arqueóloga a cargo, Adoración Martínez. En un primer momento, empezamos a tomar nota de toda la información que nos brindaba, pero poco a poco, fuimos sumergiéndonos cada vez más en su relato, olvidando por completo la existencia de los cuadernos y bolígrafos en nuestros bolsillos.

Comenzamos nuestra visita por nuestros antepasados neolíticos. El único indicio del asentamiento son los restos de una cabaña de hace 5000 años, que presuntamente formaba parte de un pequeño poblado de otras viviendas iguales dispersas por la costa; y de una pequeña tumba. La narración de la arqueóloga respecto a esto último fue cautivadora: cuando las cavaron, encontraron los huesos de una abuela y su nieto. Aunque pueda parecer entrañablemente siniestro, en realidad este último fue enterrado tiempo después, lo que da cuenta de la espiritualidad incipiente de los primeros pobladores. Tras esto, un rápido pero no poco interesante vistazo a los restos muy bien conservados de una cisterna nos desveló la forma de la que acumulaban agua dulce los herederos de la Illeta después de los neolíticos, los pobladores de la Edad del Bronce.

El siguiente paso de la visita fue un espectacular paseo por los restos de un poblado ibero. Entre el siglo V y III a.C., la Illeta se convirtió, por obra de los púnicos, en un importantísimo puerto comercial, donde mercaderes de todo el Mediterráneo negociaban con hierro y materias primas autóctonas (aceite, vino, cereal..) a cambio de vasijas de cerámica ática griega y otras manufacturas. A ambos lados de lo que era la calle principal del pueblo, se encuentran las ruinas de alfares, almazaras, lagares y templos. Una curiosidad: durante la excavación de uno de los templos, se descubrió que era un edificio perfectamente geométrico y simétrico, pero la puerta y el altar estaban ligeramente desviados. Tras arduas investigaciones, el equipo arqueológico se encontró con que, en pleno solsticio de invierno (festividad celebrada por muchas culturas, incluida la católica), la sombra de la puerta se alineaba perfectamente con el altar. De nuevo, la espiritualidad e ingenio de los iberos nos sorprendió.

La última de las civilizaciones que íbamos a visitar era la romana. Con el paso de los años, tanto el asentamiento neolítico y de la Edad de Bronce como el poblado ibero quedaron enterrados bajo el continuo aporte de sedimentos que el mar depositaba. Como si de otro poblador se tratase, la naturaleza también intentaba asentarse en la Illeta. En esto estaba cuando un patricio romano decidió construir su villa en el islote (de la cual no quedan restos), y para comer, ¿qué mejor que unas buenas piscifactorías para tener pescado fresco? Así es, el no poco ambicioso señor ordenó construir estos viveros cuya pétrea estructura ha resistido los embates del mar hasta nuestros días. Pero no contento con esto, también ordenó la construcción de unas termas donde poder relajarse a solas. Las salas por las que caminamos aún mostraban vestigios de su función: bañeras, cámaras por donde fuía el aire para calentar las habitaciones... y después de todo esto nos asaltó una pregunta: ¿por qué se llamaba popularmente a la Illeta, "Els Banyets de la Reina"? Adoración nos explicó, divertida, que ese era el nombre que le daba la tradición popular alicantina, que creía que las piscifactorías eran en realidad unos baños que algún rey moro le había construido a su reina durante la estancia musulmana en la Península.Soraya Ayala

Tras este intenso recorrido, Adoración nos informó, para nuestra desgracia, que la visita había terminado, no sin antes revelarnos que las ruinas y restos por los que habíamos paseado no habían sido tomados en serio hasta su muselización en 1999, cuando la Diputación compró el terreno (a pesar de que hubo varias excavaciones anteriores), y que los jóvenes anteriores a esta fecha usaban las ruinas como lugar para asar salchichas y pasar la noche. También nos dijo, con voz triste, que las obras que el hombre contemporáneo había llevado a cabo en la costa habían alterado de tal modo las corrientes marinas que ahora las ruinas de las piscifactorías, así como los restos de algunos hornos y canteras iberas, estaban siendo erosionados por la creciente furia del mar.

El equipo había hecho todo lo posible, incluso habían cubierto las excavaciones más modernas y replantado con vegetación autóctona para proteger el yacimiento (creando, eso sí, un precioso jardín de especies vegetales halófitas). Algunas de estas especies son: Anábasis (Anabasis hispanica), Loto de Mar (Lotus creticus), Albardín (Ligeum spartum), y Colechas (Limonium sp).

"La riqueza de especies, tanto terrestres como marinas, es algo muy llamativo en la Illeta y sus alrededores", nos dijo. De hecho, nos percatamos de que había un turismo muy productivo de gente que, atraída por este matrimonio entre historia y naturaleza, venía a ver los antiguos viveros de peces, en cuyas paredes ahora viven una gran variedad de algas, peces y todo tipo de especies marinas. Incluso se han formado unas inmensas praderas de Posidonea oceanica, una especie marina endémica mediterránea que sirve de refugio y sustento a una grandísima variedad de especies de la zona. Parece que la naturaleza por fin se ha asentado aquí, pero ha decidido respetar la obra del hombre. El murmullo lejano en el tiempo del incesante paso del ser humano por la Illeta a lo largo de milenios, mezclado con el susurro del mar, es lo que atrae a visitantes de todo el mundo que vienen a ver este milagro, creado por el hombre, en comunión con el medio ambiente. Nada mejor que un yacimiento arqueológico para proteger y preservar la riqueza y variedad de especies (algunas en peligro de extinción) habitantes de la Illeta, y viceversa.

Créditos