Mara, una familia azotada

por la esclavitud

 

Mara Souza, brasileña de ascendencia portuguesa-africana e hija de padre esclavo, comparte con nosotros su terrible testimonio acerca de la esclavitud en Brasil.

 

REPORTAJE. Inés Abello · Mieres (Asturias) · Multimedia: Diego Martín.

 

La redacción del periódico con Mara Souza.

 

Mara Souza

Vivió su infancia en la precariedad, por ello, tuvo que trabajar desde una temprana edad para ayudar a su familia. Consiguió cambiar aquella situación cuando logró, junto con sus padres y hermanos, llegar a São Paulo, momento en el que empezó a vivir una nueva vida.

 

La historia de su familia

Mara es hija de un hombre de ascendencia africana, de aquellos que Portugal mandaba a Brasil en barco como esclavos para trabajar la hacienda, y una mujer portuguesa. Esto supuso una situación complicada, ya que en el momento en que se conocieron la población brasileña estaba dividida en africanos, que trabajaban como esclavos, y portugueses, los amos. Ser de la rama portuguesa significaba pertenecer a una buena familia blanca, mientras que ser de la rama africana implicaba automáticamente pertenecer a una clase social baja y sufrir una discriminación que incluso hoy día existe. En aquel momento, casar a un negro con una blanca era socialmente inaceptable: se trataba de clases sociales totalmente dispares, las razas no se debían mezclar. Incluso se decía que la sangre negra manchaba el origen de las familias blancas.

Cuando su madre se enamoró de su padre, además del problema social que aquello implicaba, esto no podía ser, porque ella ya estaba destinada a casarse con un hombre blanco portugués. Para sus padres que su hija estuviera enamorada y tuviera intención de casarse con un hombre negro era una deshonra. Esto cambió cuando su padre había hecho un mal negocio y se vio en una precaria situación económica. Su orgullo no le permitió pedir un préstamo a ninguno de sus amigos y no le quedó más remedio que pedir ayuda al que pasaría a ser el marido de su hija y padre de sus nietos.

 

Discriminación por parte de su propia familia

Mara cuenta que nunca hubo discriminación por parte de su familia, sino que la discriminación venía de fuera: sufrió discriminación por parte de su barrio, los criticaban por tener hijos negros viniendo de una familia portuguesa. Sus abuelos no podían salir a la calle con ellos y su madre tuvo que estar siempre escondida cuidando de sus niños por la mera razón de que su marido era negro.

 

Cómo su padre llegó a la esclavitud

Los padres de Mara vivían en la parte agreste de Brasil hasta que se produjo una gran sequía. Se empezaron a perder el ganado y el café, entre otros, y dejó de haber vida allí. Además, su padre, amenazado de muerte por conflictos raciales, se vio obligado a emigrar a otra zona del país, a escapar en busca de nuevas oportunidades.

Entonces las mafias se aprovechaban de la situación de los hombres negros y prometían trabajo en fincas. Trabajadores, entre los que se encontraba el padre de Mara, cruzaban más de 5.000 kilómetros en camiones, en trayectos de más de una semana, en condiciones pésimas: debían viajar de pie agarrados a un mástil para no caerse. Contaban con un espacio mínimo, tal que para que un hombre pudiera sentarse y descansar, otros dos debían compartir un mástil. Pasaban alrededor de una semana viajando por carreteras sin asfaltar, pasando por atolladeros, teniendo que bajar del vehículo para empujar, sin apenas comer ni descansar. Viajaban con la ilusión de encontrarse con los terrenos verdes y la vegetación que se les había prometido. Cuando llegaron, la realidad era otra: se encuentraban con fincas de esclavitud y eran conscientes de que eran esclavos.

 

El trabajo en la finca

Se trabajaba en condiciones infrahumanas sin apenas percibir dinero. A la hora de cobrar, sus superiores argumentaban que del sueldo de los esclavos se debía descontar el coste de la casa en la que vivían (sin luz ni agua) y el transporte de la casa a la finca, entre otros muchos gastos. «Cuando iban a cobrar, se encontraban con que debían dinero al propietario. No podían salir de aquella finca, porque tenían una deuda: el trayecto de 5.000 kilómetros que habían hecho para llegar a la finca», cuenta Mara. Además, su padre vivía con el cargo de conciencia de haber dejado atrás a su familia con dos bebés y uno en camino. «Esa era yo», añade.

Cuando su padre trabajaba en la recogida del algodón, encontró un método que le ayudaría a salir de la finca. La recogida del algodón funcionaba por toneladas: debía extraerse una determinada cantidad de toneladas al día, pero si se superaba, ganaba un cierto dinero. En la madrugada, baja el rocío, el algodón absorbe esa agua y pesa más, por lo que es más fácil recoger más toneladas de algodón. Además, su padre dejó de coger el camión para ir a la finca para no tener esa deuda extra. Cada día, salía a las cuatro de la mañana para ir andando hasta allí. Caminaba unos 12 o 14 kilómetros al amanecer, de manera que cuando el camión llegaba con el resto de los esclavos, su padre ya había extraído una cierta cantidad con la que ganaría algo de dinero para poder saldar sus deudas y escapar.

 

Primera parte del testimonio de Mara.

 
 

 

La vida de Mara mientras su padre era esclavo

«Nosotros conocimos a mi madre llorando y rezando», cuenta Mara. «No entendíamos por qué estaba tan triste y rezaba tanto». Ella pedía a Dios que diese vida y salud a su marido. En esa época, se buscaba asesinar a los hombres, especialmente, a los negros: cualquier excusa era válida para acabar con su vida. La vida de los esclavos no valía nada. Si su marido moría, ella, una mujer viuda y con hijos, no podría continuar en la finca. Se le asignaría automáticamente un marido.

 

Cómo su padre escapó de la esclavitud

Hubo un día en que una joven pareja multimillonaria de Suiza se hizo con la finca. «Es hasta el día de hoy que tengo contacto con ellos», asegura Mara. Los nuevos dueños pidieron al capataz traer a una persona que guardara el río para evitar que los trabajadores, que por la noche pescaban peces para poder comer, siguieran haciéndolo. «Por azares de la vida eligieron a mi padre», cuenta. Le otorgaron una escopeta y debía disparar a todo aquel que intentara sacar truchas del río. Un día, mientras paseaba río arriba y río abajo, la mujer, que era una apasionada de las flores, se acercó a él y le pidió ayuda con el jardín. Su padre vio la oportunidad que tenía ante él, la ayudó y le dio un consejo acerca de la orientación de las flores que resultó ser efectivo. Fue entonces cuando la joven pidió al capataz traer a su padre y pedirle que trabajara en su jardín unas horas sin cobrar al terminar su jornada diaria. Más tarde, lo contrató como su jardinero.

Tiempo después, la pareja decidió vender la finca y mudarse a São Paulo. En ese momento sacaron a su padre de la esclavitud. Él, junto a su mujer, Mara y sus hermanos, hicieron el trayecto en pau de arara hasta São Paulo. Allí su padre trabajó como jardinero cobrando un sueldo.

 

La situación de los niños brasileños en la actualidad

Aunque en la actualidad está prohibido que los niños trabajen, aún hay partes muy pobres en las que sí lo hacen. La enseñanza es obligatoria hasta la primaria y las fincas más grandes están obligadas a contar con una escuela y maestros para escolarizar a los niños que están allí. «En mi época yo era mayor de edad a los 14 años, podía trabajar».

 

Segunda parte del testimonio de Mara.

 
 

 

Créditos