«Ser mujer hizo que me costara

obtener un nombre propio en ciencia»

 

Margarita Salas, punta de lanza de la Bioquímica y Biología Molecular española debido a sus importantísimos descubrimientos y actual finalista del Premio al Inventor Europeo, nos relata su experiencia como investigadora.

 

ENTREVISTA. Adriana Rodríguez, Diego Martín · Mieres (Asturias) · Imágenes: Inés Abello.

 

Cuando se habla de mujer en la ciencia, lo primero (y, en ocasiones, único) que se nos viene a la mente es la imagen de la ya mítica Marie Curie. Sin embargo, cada vez se hace más patente (y nunca mejor dicho) que la participación del género femenino en la investigación es cada vez mayor. Este siglo XXI supone una revolución rompedora con respecto a la reclusión en el hogar a la que prácticamente todas las mujeres, quisieran estas dedicarse a la labor científica o no, se vieron sometidas. Esta revolución, no obstante, no pudo ser posible sin que otras valientes científicas se abriesen paso en un mundo de microscopios, matraces y probetas manejadas por manos de hombres. La palabra «ciencia», al fin y al cabo, es de género femenino, y ya era hora que las mujeres lucharan por su hueco en la investigación.

 

Uno de estos iconos científicos, no solo a nivel nacional sino mundial, es Margarita Salas Falgueras, quien junto a Ramón y Cajal, Severo Ochoa y Carlos López Otín constituye la vanguardia de la Bioquímica y Biología Molecular. Natural de Canero, un pequeño pueblo costero asturiano, estudió Ciencias Químicas en la Universidad Complutense de Madrid. Gracias a Severo Ochoa, descubrió su pasión por la Bioquímica y, junto a él, realizó su investigación en la Universidad de Nueva York. Antes una estudiante y proyecto de científica muchas veces discriminada por su condición de mujer, ahora una eminencia internacional en los campos de la Biología Molecular y la Bioquímica.

 

Margarita Salas, concediéndonos una videoconferencia desde su lugar de investigación.

 

Ya desde muy pequeña mostró un gran interés por las ciencias, debido a la profesión de su padre. ¿Quería dedicarse a la Medicina, o se sentía más atraída por otras áreas, como la Química?

A mí cuando era pequeña, efectivamente, la Medicina me atraía mucho debido a la profesión de mi padre, pero tenía mis dudas entre estudiar dicha carrera o Químicas. Esta decisión la tomé una vez hube hecho el curso preuniversitario, cuando vine a Madrid a hacer un curso que se llamaba Curso Selectivo, que me podría valer tanto para estudiar Químicas como para Medicina. Al final, con la experiencia, me decidí por la Química, y es una decisión de la que nunca me he arrepentido.

 

Con sólo 20 años conoció y trabajó con Severo Ochoa. ¿Qué tipo de influencia tendría a lo largo de toda su carrera? ¿Considera que su legado sigue todavía vigente?

Realmente para mí el conocer a Severo Ochoa una vez había acabado el tercer curso de Químicas fue esencial, pues cambiaría mi futuro. Esto es porque yo, en ese momento, aún no había estudiado Bioquímica y fue, al escuchar una conferencia suya sobre su trabajo, cuando me empezó a fascinar el área. Fue en el siguiente curso de carrera cuando empecé a estudiar Bioquímica y, una vez finalicé el quinto año de carrera, le comenté a Severo Ochoa que me gustaría orientar mi carrera por este área. Entonces, él me dijo que hiciese la tesis doctoral en Madrid con Alberto Sols, un excelente bioquímico, para después irme a Nueva York con él a llevar a cabo una investigación postdoctoral. Y fue eso lo que hice, por lo que se podría decir que tuvo una enorme influencia en toda mi carrera.

 

Al finalizar su doctorado, investigó durante tres años en la Universidad de Nueva York, junto a su marido y Severo Ochoa. ¿Cómo recuerda esos años?

Esos tres años en Nueva York fueron fantásticos. Ten en cuenta que llegamos a Nueva York en el año 1964, cuando aquí en España no había nada de investigación. Entonces, llegar a Nueva York fue como llegar a la Meca. Yo siempre digo que éramos como los paletos del pueblo que llegan a la capital. Éramos los paletos de Madrid que llegábamos a la capital, que era Nueva York. Esos años, repito, fueron fantásticos, por todo lo que conllevaron.

 

Una vez su equipo logró secuenciar la ADN polimerasa al trabajar con el virus bacteriófago phi 29, se debió patentar el descubrimiento. ¿Podría hablarnos acerca de cómo tuvo lugar este descubrimiento y qué fue lo que implicó?

Efectivamente, cuando volvimos a España tras estos tres años en Nueva York elegimos este virus bacteriófago phi 29 como sistema modelo para su estudio a nivel molecular y, sobre todo, los mecanismos de transmisión de la información genética: los mecanismos de duplicación del ADN y las formas en las que se expresaban los genes. Descubrimos que cuando el bacteriófago phi 29 infecta a la bacteria, el Bacillus subtilis, producía la síntesis de una molécula que es la ADN-polimerasa que tiene propiedades que la hacen única para amplificar el ADN. Nosotros patentamos esta ADN-polimerasa y la licencia de explotación la obtuvo una empresa americana, que sacó un kit para extender su uso. Este kit logra la amplificación del ADN circular mediante la utilización de primers, o iniciadores, que son unos hexámeros que se unen a la macromolécula. La ADN-polimerasa, después, se une a estos primers y comienza a provocar la duplicación del ADN millones de veces, lo que es muy útil para la secuenciación y el trabajo con este.

 

Debido a los estigmas durante el pasado siglo en cuanto al papel de la mujer en la ciencia, ¿diría que se vio en algún momento discriminada? ¿Se sintió en algún momento a la sombra de su marido?

Bueno, cuando yo empecé la tesis doctoral, en 1961, se pensaba que las mujeres no teníamos capacidad para hacer investigación. Por tanto, yo me sentía muy discriminada, porque no se me tenía en cuenta; era invisible. Eso cambió en Nueva York, pues, como siempre digo, Severo Ochoa me trató como persona, independientemente de mi condición de mujer. Cuando volvimos a España, mi marido y yo empezamos a llevar a cabo un trabajo conjunto. La vuelta fue complicada, pues conllevaba iniciar un nuevo grupo de investigación, pero dentro de este grupo no tuvimos ningún problema. No obstante, de cara al exterior yo era la mujer de Eladio Viñuela. Eladio, mi marido, fue muy generoso y decidió abandonar este trabajo conjunto e iniciar uno nuevo por su cuenta para dejarme a mí independientemente con el estudio del bacteriófago phi 29. Fue tras un cierto tiempo que dejaría de ser la mujer de Eladio Viñuela para ya poder convertirme en Margarita Salas.

 

¿Cree que aún existe esta discriminación en el mundo científico?

Yo creo que no. Hoy en día tenemos más mujeres que hombres realizando la tesis doctoral en nuestros laboratorios. Al menos en ciencia yo creo que ya no existe discriminación. Es verdad que las mujeres aún no han alcanzado los puestos directivos más altos, pero creo que esto llevará un cierto tiempo. Siempre digo que, teniendo en cuenta el número de mujeres que hoy empiezan una carrera investigadora, en un futuro no muy lejano la mujer ocupará en el mundo de la ciencia el puesto que le corresponde de acuerdo con su capacidad y su trabajo.

 

¿Qué se siente al convertirse en la primera mujer española en ingresar en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos?

Independientemente de ser la primera mujer española en ingresar a la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, el ingresar en esta ha sido un gran honor y una gran satisfacción, porque realmente también son muy pocos los extranjeros que llegan hasta esta academia.

 

¿Cuáles son las grandes diferencias que ve entre la actitud hacia la ciencia en los Estados Unidos y aquí? ¿Diría que nuestros científicos se ven infravalorados en España?

Realmente, la diferencia a nivel científico entre Estados Unidos y España es abismal, sobre todo desde el punto de vista de la financiación de la investigación. Aquí en España, es muy escasa, y actualmente estamos bajo mínimos. Esto influye considerablemente en la ciencia que uno puede hacer aquí. A pesar de todo, yo siempre digo que en España hacemos milagros: con la poca financiación que tenemos, se hace una investigación de calidad. Lo que falta es cantidad; falta la posibilidad, sobre todo para jóvenes investigadores que están excelentemente preparados, de que puedan desarrollar una carrera investigadora en nuestro país.

 

La redacción de Quintaesencia, escuchando atentamente las palabras de la bióloga.

 

A lo largo de su carrera ha trabajado en dos campos que muchas veces están intrínsecamente relacionados: la investigación y la docencia. ¿Diría que una le ha reportado más satisfacciones que la otra?

Yo creo que ambas me han reportado muchas satisfacciones. Efectivamente, para mí la investigación es una pasión. Sin embargo y con respecto a la docencia, durante veintitres años, yo impartí la asignatura de Genética Molecular en la Universidad Complutense de Madrid, lo cual me fue muy grato. Además, tuve estudiantes excelentes, algunos de los cuales pude reclutar para hacer la tesis doctoral en mi laboratorio. Gracias a esta faceta docente que he tenido, me vi beneficiada para poder conocer a tales investigadores que, posteriormente, trabajarían en mi grupo.

 

En la actualidad, colabora con el Centro de Biología Molecular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. ¿Cuál es su papel en esta Agencia del Gobierno?

En la actualidad, estoy en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, que es un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de la Universidad Autónoma de Madrid. Sigo trabajando como siempre, y no tengo ningún problema para trabajar en este centro, tras muchos años haciéndolo. Este centro se creó en 1975, y desde entonces yo realizo mi investigación aquí.

 

Ha trabajado como docente en numerosas instituciones internacionales, entre las que se encuentra la Universidad Complutense de Madrid. ¿Cuál es su visión acerca del interés científico de los estudiantes españoles?

Yo creo que, debido a lo que os he dicho antes de la poca financiación de la investigación, hay muchos estudiantes que se sienten desanimados para seguir una carrera investigadora. Hay que procurar, o más bien conseguir, que la financiación de la ciencia sea mayor, ya que ahora es muy baja, para que los jóvenes se sientan atraídos por ella. Muchos dicen: «¡Para qué me voy a meter en una carrera científica si no hay futuro!» Tienen razón, en este momento y tal como está la financiación de la ciencia en España, los jóvenes tienen muy poco futuro. Es cierto que realizan muy buenas tesis doctorales en nuestro país, pero después si quieren seguir, tienen que marcharse al extranjero. Esto no es malo, en principio, siempre que se pueda volver. El problema de ahora es que, después de marchar al extranjero, la vuelta es muy difícil.

 

¿Cambiaría algo del sistema educativo español, en relación a la  ciencia?

No conozco mucho el sistema educativo a nivel de Enseñanza Secundaria y Bachillerato, pero yo creo que la ciencia debería ser una materia importante a la cual se debería dar más énfasis.

 

¿Cuáles fueron sus sentimientos tras conseguir su último premio Talento especial en 2017? ¿Y tras recibir la noticia de que formaría parte del Museo de Cera de Madrid?

[Risas] Siempre que uno recibe un premio es una satisfacción, pues es un reconocimiento que te hacen, ¿no? Formar parte del Museo de Cera de Madrid también lo es, y además tengo la gran suerte de estar en el museo al lado de Severo Ochoa, de Santiago Ramón y Cajal… ¡Estoy bien rodeada!

 

¿En qué medida cree que ha cambiado la situación de las mujeres en el campo de la ciencia y de la investigación?

Como decíamos antes, yo creo que la situación de la mujer ha cambiado mucho desde el punto de vista de su visibilidad. Hoy día, la mujer ya no es invisible: no sólo en el campo de la ciencia, sino en general. Es cierto que todavía faltan muchos problemas que resolver, hay que dar más facilidades a las mujeres para poder compatibilizar su vida familiar y profesional. Pero, al menos, ya nadie piensa que la mujer no es capaz de hacer ciencia o cualquier otra cosa. Actualmente, a la mujer ya se le considera como a una persona con una capacidad igual o, en alguno de los casos, mayor que la de muchos hombres. No depende de que se sea hombre mujer, sino de la persona.

 

Para concluir, y con respecto a un tema que no hemos tocado. Usted es académica de la RAE, ¿cuál es su función? ¿De qué tipo de cosas se ocupa dentro de esta institución? ¿Podría ponernos algún ejemplo?

La verdad que el formar parte de la Real Academia Española ha sido para mí una de las grandes satisfacciones que he tenido, porque yo, como científica, no esperaba que se me nombrase miembro de esta institución. Nosotros tenemos una comisión de vocabulario científico y técnico, en la cual nos ocupamos de palabras técnicas y científicas. No palabras demasiado especializadas, sino de uso normal. En las reuniones que tenemos todos los jueves (y esta tarde tenemos una), estudiamos y definimos distintas palabras que no están descritas o están mal descritas, revisamos lo que está hecho, introducimos nuestros vocablos… Un ejemplo puede ser el pen drive. Nos propusimos darle un nombre, que creo que no ha cuajado mucho [risas], pero ya está traducido, ¿no? Es lápiz de memoria o memoria USB. Por ejemplo, en nuestro laboratorio, la gente dice: «¡Dame el pincho!»Ya no se usa pen drive, se usa «pincho». Tratamos de que los anglicismos no se metan en nuestro lenguaje, unas veces con éxito y otras con menos, ya que a veces ya se han implantado en el vocabulario de la sociedad. Otro ejemplo es el escáner, una palabra que ya se ha introducido en nuestro idioma, pero lo que hemos hecho es españolizarlo. Básicamente, tratamos de castellanizar aquellos anglicismos que se han infiltrado en nuestra lengua.

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