CRÍTICA LITERARIA

 

El ser humano contra

 

un océano de impotencia

 

En 1961, el escritor polaco Stanisław Lem rompía con la noción tradicional del contacto con extraterrestres a la que la ciencia ficción nos tenía acostumbrados: su novela Solaris se convirtió en uno de los hitos de la literatura de ciencia ficción, llena de digresiones de carácter filosófico, psicológico y científico. 

 

 

 

 

 

ADRIANA RODRÍGUEZ ·Mieres· 23 ABR 2018

Edición de Solaris, en la cual se representa el océano protoplasmático inteligente de la novela.

 

A la hora de tratar el posible contacto con extraterrestres, la ciencia ficción suele tomar el camino fácil y hacer que todo lo desconocido sea humanoide y, milagrosamente, tenga una tecnología tan avanzada que permita entender todos los lenguajes del universo. Básicamente, aliens con dos ojos y cuatro extremidades que hablan inglés con un perfecto acento de Boston. No obstante, muchas obras tanto cinematográficas como literarias se alejan de este tópico. Tal es el caso de la película La llegada (2015, Denis Villeneuve), basada en el relato La historia de tu vida de Ted Chiang. A pesar de lo rompedores que fueron tanto el filme como el relato, casi cuarenta años antes Stanisław Lem rompía con todos los cánones de la sci-fi con su novela Solaris, adaptada al cine por el aclamado director soviético Andrei Tarkovski.  Lem nos sitúa en una sociedad futura avanzada tecnológicamente que ha descubierto un nuevo planeta, bautizado como Solaris, donde se encuentra un grupo de científicos intentando establecer contacto con la forma de vida que cubre, literalmente, el planeta. Esta forma de vida inteligente es un océano saturado de sustancias químicas capaz de adentrarse en la mente de los hombres, provocándoles alucinaciones y locura si estos muestran intención de investigar este océano.

A partir de esta premisa, el psicólogo Kris Kelvin narra en primera persona todo lo sucedido en la base científica de Solaris desde su llegada y sus esfuerzos para entender el comportamiento del océano. Stanisław, de esta manera, nos introduce en una historia plagada de divagaciones filosóficas constantes. Al contrario que muchos otros autores de ciencia ficción, Lem se muestra pesimista ante el contacto con seres de otros planetas: ¿tenemos las habilidades suficientes como para poder comprender a aquello a lo que nos enfrentamos? A pesar de todas estas reflexiones de corte científico que plagan el libro, lo que más me llama la atención es cómo Lem utiliza la premisa de la novela con el fin de divagar acerca de la condición humana, adentrándose en nuestra psique y comportamiento, intentando averiguar qué es aquello que nos define como seres inteligentes y, en última instancia, humanos.

 

“El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas.”

 

¿Estamos realmente preparados para afrontar aquello a años luz de nosotros, cuando en realidad no entendemos todo lo que conlleva el ser humano como tal? A medida que avanza la historia, Kelvin ve cómo su antigua amada se le aparece y van recuperando su antigua relación, hasta que las divagaciones de Kelvin le hacen ver que aquello que le muestra su afecto es Solaris. Así, podríamos adentrarnos en el terreno de la persona creada por otros seres o personas, como se puede ver en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, que es lo que hace que el autor reflexione tanto acerca de los sentimientos humanos y nuestro libre albedrío. ¿Y si la Tierra o el universo fuesen nuestro Solaris? ¿Y si aquello que hace que no alcancemos un conocimiento superior acerca de lo que nos rodea es, realmente, la existencia de todo aquello que nos rodea? Uno podría hacerse esas preguntas, pensando que la Tierra quizá sea el ser inteligente y nosotros las proyecciones de su mente, como ocurría en la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams (nuestro planeta es un ordenador y nosotros, parte de su programa).

 

“Un dios cuyo martirio no significa redención, que no pretende salvar a nadie, ni está al servicio de nada, sino que simplemente está.”

 

En el libro, diversos científicos se refieren al océano como una inteligencia autista, debido al desconocimiento que tienen acerca de esta y sus verdaderas capacidades. ¿Y si realmente esta inteligencia autista es aquello que ansiamos, la existencia de un Dios? Una inteligencia capaz de adentrarse en nuestro pensamiento, en nuestro comportamiento, en todo aquello que ultima nuestra condición humana… ¿existe otra manera de referirnos a un ser de este calibre? Este tipo de cuestiones y muchas más se presentan en una novela de 300 páginas, con la excusa de la ciencia ficción como background para hacer que nos planteemos nuestra existencia y todo aquello que trae de cabeza a la ciencia.

La esencia de esta novela es la descripción objetiva y la divagación filosófica, ambos al extremo de su propio espectro. En cierta manera, son sus puntos fuertes; no obstante, en ocasiones el hilo se pierde entre tanta descripción de las simetríadas, amoides y demás formaciones del océano solariano hasta perderse en las constantes digresiones del autor, que pueden volverse demasiado abstractas debido a lo profundo de las cuestiones que se tratan y la ansiedad existencial de este. Stanisław Lem, autor polaco de la talla de Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, nos deja con Solaris una de las mejores obras de la ciencia ficción de la historia, presentándonos un escenario que fácilmente podríamos alcanzar al ritmo que avanza la tecnología y el ansia de descubrir lo desconocido en la actualidad.

 

Cartel de la película basada en la novela, dirigida por el director soviético Andrei Tarkovski en 1972. Se dice que es la competidora soviética a la americana 2001: Odisea en el Espacio.

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